Delirium Tremens-
Por Alejandro Carrillo-
No hay en este mundo individuos más cÃnicos que los poetas. Ahà van por la vida con sus versos tan meticulosamente medidos, con sus flores y sus rÃos, con sus estrellas y sus soles, con sus noches y su viento, y con sus globos y sus palanquetas, y su puta madre.
Tan radiantes los infelices leyendo sus libritos en los cafés del centro, rodeados de señoritas con bufandas y gafas de pasta, y medias negras y blusas holgadas y deliciosos senos sudorosos, senos perdidamente enamorados, entregados a la voz tÃmida de un poeta, cualquier pinche poeta cÃnico.
Y uno rompiéndose la madre y el hÃgado y los riñones en los peores pinches tugurios del inframundo citadino, oliendo orines, fichando, inviertiendo en golpizas y enfermedades venéreas para tener una historia digna de ser escrita en las paredes de una cloaca.
Y vas y escribes de sudor y de mujeres, y también de drogas y de vómito, y de mujeres llenas de drogas y vómito, y de vómito lleno de drogas y perfume de mujer.
Y algunas de ellas te encontrarán brevemente interesante y si tienes suerte, podrás hacerles el amor -como dicen los poetas-. Pero ninguna prosa será capaz de hacerle frente al cinismo de un poeta. En la historia del mundo ningún Charles Bukowski ha competido en igualdad de condiciones frente a un Robert Frost, ninguna mujer dejará a un Benedetti por un Ibargüengoitia.
El colmo del cinismo radica en el bien cuidado uso de los verbos. Mientras uno se muere, ellos desfallecen; uno se desangra, ellos se llenan de vacÃo; uno coge y coge, ellos poseen los cuerpos desnudos; uno se llena la nariz de coca, ellos llevan su alma a niveles metafÃsicos; uno tiene orgÃas, ellos se enfrentan al deseo; uno es un degenerado, ellos son artistas.
A los poetas rebeldes los han llamado malditos; hubo alguno otro tan libre que lo encerraron hasta enloquecer, hoy a sus hijos nos llaman sádicos. El cinismo verbal ha perdurado desde los tiempos antiguos e incluso en los más despitados epigramas, como aquel de Cardenal -a quien le debo tantas Claudias- que versa en primera instancia en su forma más cÃnica y a posteriori lo parafraseo lleno honestidad. Sepan féminas que en cualquiera de ambos casos, todo se trata de verborrea desenfrenada, cupones intercambiables por unas piernas largas, largas, largas. Cuidado con esos putos cÃnicos.
Tan radiantes los infelices leyendo sus libritos en los cafés del centro, rodeados de señoritas con bufandas y gafas de pasta, y medias negras y blusas holgadas y deliciosos senos sudorosos, senos perdidamente enamorados, entregados a la voz tÃmida de un poeta, cualquier pinche poeta cÃnico.
Y uno rompiéndose la madre y el hÃgado y los riñones en los peores pinches tugurios del inframundo citadino, oliendo orines, fichando, inviertiendo en golpizas y enfermedades venéreas para tener una historia digna de ser escrita en las paredes de una cloaca.
Y vas y escribes de sudor y de mujeres, y también de drogas y de vómito, y de mujeres llenas de drogas y vómito, y de vómito lleno de drogas y perfume de mujer.
Y algunas de ellas te encontrarán brevemente interesante y si tienes suerte, podrás hacerles el amor -como dicen los poetas-. Pero ninguna prosa será capaz de hacerle frente al cinismo de un poeta. En la historia del mundo ningún Charles Bukowski ha competido en igualdad de condiciones frente a un Robert Frost, ninguna mujer dejará a un Benedetti por un Ibargüengoitia.
El colmo del cinismo radica en el bien cuidado uso de los verbos. Mientras uno se muere, ellos desfallecen; uno se desangra, ellos se llenan de vacÃo; uno coge y coge, ellos poseen los cuerpos desnudos; uno se llena la nariz de coca, ellos llevan su alma a niveles metafÃsicos; uno tiene orgÃas, ellos se enfrentan al deseo; uno es un degenerado, ellos son artistas.
A los poetas rebeldes los han llamado malditos; hubo alguno otro tan libre que lo encerraron hasta enloquecer, hoy a sus hijos nos llaman sádicos. El cinismo verbal ha perdurado desde los tiempos antiguos e incluso en los más despitados epigramas, como aquel de Cardenal -a quien le debo tantas Claudias- que versa en primera instancia en su forma más cÃnica y a posteriori lo parafraseo lleno honestidad. Sepan féminas que en cualquiera de ambos casos, todo se trata de verborrea desenfrenada, cupones intercambiables por unas piernas largas, largas, largas. Cuidado con esos putos cÃnicos.
Epigrama de Ernesto Cardenal:
Al perderte yo a ti,
tú y yo hemos perdido:
yo, porque tú eras
lo que yo más amaba,
y tú, porque yo era
el que te amaba más.
Pero de nosotros dos,
tú pierdes más que yo:
porque yo podré
amar a otras
como te amaba a ti,
pero a ti nadie te amará
como te amaba yo.
Muchachas que algún dÃa
leaÃs emocionadas estos versos
Y soñéis con un poeta
Sabed que yo los hice
para una como vosotras
y que fue en vano.
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Paráfrasis del Epigrama
de Ernesto Cardenal:
Al follarte yo a ti,
tú y yo hemos perdido:
yo, porque tú eras
lo que yo más follaba,
y tú, porque yo era
el que te follaba más.
Pero de nosotros dos,
tú pierdes más que yo:
porque yo podré
follar a otras
como te follaba a ti,
pero a ti nadie te follará
como te follaba yo.
Muchachas que algún dÃa
leaÃs emocionadas estos versos
Y folleÃs con un poeta
Sabed que yo los hice
para follar una como vosotras
y que fue en vano.
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El
Autor: Escribidor, mecánico tornero, periodista, rockero tumbado,
diputado legÃtimo, corredor y corredor de apuestas, revolucionario de
congal, fotógrafo, cinéfilo, miembro del Proyecto Mayhem y bebedor
semi-profesional. Me enamoro de todo, me conformo con nada. @alexiliado






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