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Telemetría: Entrevista con Carlos Arellano



Entrevista con el cantautor poblano Carlos Arellano, ícono del rock mexicano y del movimiento rupestre, 30 años después de haber iniciado su carrera musical. 

"De poca madre que hayas venido con rolas frescas para el festín"
                                                                                       Zombra 0 
                                                                                        C. Arellano





La misma calle

Delirium Tremens-

Por Alejandro Carrillo

I

-Quince años después habría de regresar a la misma calle en donde se gestaron las mejores conquistas de mi vida. La misma calle en donde a sangre y fuego defendimos el honor de nuestros padres, hermanos y vecinos de la cuadra y vencimos cincuenta goles a cuarenta y nueve a los vatos del barrio contiguo en una batalla que duró años, todos los años de mi infancia. Todavía me levanto algunas mañanas con el dolor y la reuma y los raspones de ese partido infinito en el que nos hicimos inmortales. Quedan pocos de la banda, la gran mayoría se fue al gabo y ahora viven en barrio de bolillos adictos a los ácidos o están encerrados por vender ácidos o se están haciendo mierda debajo de un puente de Brooklyn por meterse ácidos o los agarraron unos gringos culeros que los deportaron porque intentaron ganarse la vida sin vender ácidos, sólo para regresar a México y no tener ni un pinche quinto para poder comprar un pasón de ácidos y morirse de una vez por pinches todas. Otros se casaron y tienen una vida socialmente aceptable, levantándose a las 5:30 de la mañana para alistarse, desayunar, dejar a los hijos en la escuela, llegar veinte minutos tarde al trabajo, hacerse pendejos, mentarle la madre al jefe, salir a comer y regresar veinte minutos después de la hora establecida por la compañía para regresar a la jornada de la tarde, manosear a la secretaria, despedirse de los compañeros y regresar a la casa para cenar, ayudar con las tareas de los hijos, lavar los platos y acostarse en una cama para dos sin hacer el amor hasta la quincena, dormir junto a un bulto odioso y soñar que esa misma noche se los chupa la bruja, sólo para oír el despertador de las 5:30 de la mañana y empezar de nuevo durante los próximos treinta años esperando que algo pase, pero nada pasa, pues ni la muerte se arrima a ese puto infierno. A veces me topo con algún otro que me reconoce y levanta la cabeza y alza la mano y me saluda mientras lava el tsuru o el chevy o la troca a medio tunear, lo único que lo mantiene cuerdo –qué onda carnal, cómo estás, chido, órale, luego te veo; y apresuro el paso para no hacer más alharaca y conservar sus rostros felices y llenos de granos en mi memoria como cuando teníamos catorce o quince años-. Después de todo, qué les iba a decir, sus vidas son una mierda, sí, pero por lo menos tienen algo –una vida terriblemente desprovista de interés-; yo en cambio regreso como un supuesto escritor -de los malos-, a la fecha no había publicado más que en revistas de poca monta y diarios locales, y para acabarla de chingar, venía saliendo de un par de meses en la peni quesque porque me encontraron no sé cuantos gramos de coca en mis bolsillos en una puta noche que nos cayó una redada de puercos en nuestro hoyo fonqui favorito. Quince años después, había regresado al lugar al que prometí no volver sino en una caja –grande o pequeña-. Y así fue, después de todo, y a estas alturas yo ya estaba muerto, por lo menos por dentro.


Y yo que me creía Steve McQueen,
¿cómo pudo sucederme a mí?


¡Puta madre!


A Contracorriente-

Por Lino.

¡Puta madre! Otra vez... Lo último que recuerdo es que anoche yo estaba cotorreando con toda la banda: El Mickey, el Chivo y el Dang, mientras nos pisteábamos un Bacacho blanco. Los hijos de perra volvieron a botarme aquí en la calle. El sol me jode un huevo. Ya es hora de moverme. Mientras me levanto, observo que algunas personas ponen alcayatas en el suelo y empiezan a montar sus puestos ambulantes con lonas de costal, mientras  otras más tienden plásticos sobre el suelo para poner sus baratijas y chácharas. Un olor a meados me inunda el ambiente. ¡Mierda! Algún cabrón, mientras dormía, ha venido a chorrearme todo. Es probable que haya sido ese cabrón del Mickey. Ese joeputa siempre sale con mamadas como esas. Carajo. ¿Pero qué mierda pasó anoche?... Me siento de la verga. Intento recordar… Qué pedo ese Carlos. El café y la coca. Dos tres jalones. Las putas de la Coss. Chichis. Nenas en todo su esplendor.

          Mientras camino para la Popular me encuentro con el Rosas, quien me invita una caguama para curarme la cruz. El tipo es buen carnal y siempre es re alivianador con todos los cuates. Por un momento me clavo y pienso que qué buena onda tener bandita así chida ¿no? Veo que mientras caminamos a la tienda se queda fijón gacho; pienso que será por el olor que emana de mi chamarra de mezclilla con parches bien acá punks y rocanroleros, pero no me fijo porque la mera neta traigo una cruda de la verga.  Entonces, de repente, por ninguna razón clara, me arrepiento un poco por agandallarme con él cada vez que ando hasta la madre. Al final me desafano de la idea y no hay pedo. Mientras, nos sentamos ahí afuerita de la tienda y observo atento a los morros que mueven la pelota; la liga de los domingos tiene partido y un chingo de rucos observan a sus hijos jugar mientras gritan hartas cosas para animar a sus críos. (“Corre, pendejo… Ahí, ahí, ahí. Toca, toca, toca. Ummmmmta madre, ahí estaba el gol, cabrón. Deja de andar de personalista y tócala”); algunas señoras gordas preparan las aguas o comen sus chicharrines mientras los jefes de la familia ya se han reunido en bandos a echar caguamas acá ¿no? Algunos viejos ya andan bien pedos y se mientan la madre con los papás del equipo contrario. (“¿Qué, puto, qué te clavas?” “Vete a la verga: como veas” “Órale, pendejo, ahorita vas a ver” “Chinga tu madre” “Chingas a tu puta madre tú” “Ahorita les vamos a partir su madre. Van a ver, pendejos”).  El Rosas anda medio paniqueado y me observa un chingo de tiempo sin decir nada, hasta que finalmente ya no puede evitarlo: “Qué jais, pinche Suavecito, no mames, ¿ora esos putazos que traes en la jeta?”  Mientras me tomo un trago de la Vicky, con una mano palpo mi cara. Pffff. No mamar. A qué hora se hicieron los madrazos.  Por más que intento recordarlo todo la neta nomás no doy. ¿Qué habrá sido de esos cabrones? ¿Será  posible que hayan brincado todos a los madrazos o nomás fue puro agasaje de alguien mientras yo andaba puesto? Realmente, el madrazo que traigo está gacho y me preocupa llegar así. “No sé, cabrón, amanecí tirado ahí en la Coatepec; anoche estuvimos chupando ahí con el Dang, creo luego nos fuimos a la Coss a ver pelos”, le respondo. “¿Neta? No mames, wey, hoy en la madrugada al Mickey lo enfierraron ahí por la Nacional, dicen que creo ahí iba también el Chivo y que ese cabrón no aparece, ¿no andabas con ellos?”. Alerta, alerta. Mi cerebro se activa casi al cien, aunque de repente la chela me nubla las ideas. No  alcanzo a responder nada. Los rucos ya se calentaron y apaciblemente observo que la tierra de la cancha se alza a ratos hasta volverse una neblina. Trato de pensar y no hallo nada. Mi cerebro no cacha nada. Un vejete panzón ya sacó el pico y nadie lo ve; yo lo observo: el muy hijo de puta se va arrastrando porque al parecer ya lo sentaron a vergazos, y se va a acercando a otro ruco mofletudo y gacho que tira madrazos a diestra y siniestra con una técnica admirable. Pum. Pum. Mi cerebro no da. Puta. El viejo culero sigilosamente se va a cercando y en un santiamén le clava la punta en la pierna. 

        Gritos. Sangre. La gente que se va haciendo a un lado. Las gordas y las nenas que lloriquean. Yo abriéndome en chinga, como si se tratara de una última oportunidad para sobrevivir. 

       Cuando llego a mi casa ya son las dos. El pinche camión se tarda un chingo y es desesperante que encabrona, más cuando se va parando a cada rato para subir pasaje durante un chinguero de tiempo y no le importa que los semáforos ya le hayan dado el verde; no, los hijos de puta  camioneros pueden esperar hasta tres semáforos para moverse sin importarles la desesperación de los pasajeros. Cuando he cruzado la puerta, mi mamá emocionada me ha dicho: <>. Pobre de mi jefecita, la neta la quiero de a madre pero hay veces que nomás no la guacho; por eso, mejor me meto a echarme un baño de a volada y cuando salgo observo que mi mamá le anda echando sus rezos a la virgencita. Apenas alcanzo escuchar: “cuídamelos, cuídamelos”. La verdad es que siento gacho porque sé que sus rezos son para nosotros sus chavitos. Me acerco y la abrazo por detrás mientras le digo: “Jefa, aliviánate, todos andamos tras la chuleta; no las queremos dejar desamparadas a ti y a mi carnalita; ya ves que últimamente ha habido una feria para que te compres tu Avon y tu Tupperware; aliviánate, a veces tenemos nuestros negocitos por ahí y pues tú sabes que la chamba es la chamba; vas a ver que pronto nos vas a tener a todos acá juntitos y nos vamos a Juquilita, me cae”. Veo que mi jefa se aliviana cuando le digo lo de Juquilita y eso me tranquiliza un poco. Pobre de mi jefa, hace muchos años que no va allá; la última vez éramos morritos y mi jefe ya andaba en las últimas de la tuberculosis, nada se lo pudo detener. Diosito sabe qué onda ¿no? Uno nomás ahí la va sorteando, esperando que a uno le haga un paro y desgraciadamente a mi jefe pues no se lo hizo: Él sabe por qué será. La verdad es que mi jefe ya sufría un chingo y hasta sangre vomitaba, y a lo mejor es por eso que se lo quiso llevar ¿no? Pa que no sufriera más gacho. Al menos mi jefa así lo piensa, y pues la mera verdad es lo más lógico ¿no?

       Sangre. Lágrimas. Ambulancias.

      Después de abrazarla un rato le digo a mi jefa: “Ya me voy, jefa, dame la bendición”. Así lo hace y me despido con un beso en su frente, esa frente llena de cabello blanco blanco como las nieves de limón sin colorante, de esas que mi papá compraba ahí por el Carmen cuando regresaba de la Unión, esa fábrica donde hacía labor, cuando éramos morritos. Puff. Pinches recuerdazos. Ojalá mi jefe estuviera nomás pa decirnos: “No hay pedo, chamacos, coman pasas pa que su cerebro se ponga bueno. Van a ver que con eso van estar listos pa la escuela. Ya luego, cuando hayan salido de sus carreras, su cartera va andar hinchada. Échenle ganas, no sean huevones”. Chale, a veces siento culpa por eso, por no haber podido ni con la prepa; al año me expulsaron y la mera verdad ya me dio hueva intentarlo de nuez. Y pues sinceramente a veces me doy cuenta de que no hubiera servido de nada. ¿No acaso el marica ese del Artemio, con tanto y un chingo de escuela, nomás no agarra jale? Es más, el puto ese anda jodido con las chácharas y da una lástima que saca de onda. ¿A poco no? Pero en fin… Al menos mi jefe, con su ilusión de la escuela, pues nos daba una animada bien bonita para creernos chingones, cosa que la mera neta quisiera sentir ahorita que la cabeza me pone trampas. ¿Qué mierda pasó anoche? ¿Dónde están esos ojetes? ¡¿Y el Dang?

      !Sí. Sí. Claro; tengo que ir a ver al Dang. Gordo cabrón. Él tiene que saber  qué onda con todo. En el camión de vuelta a esas tierras del sur de la ciudad me vuelvo a encontrar, después de ver algunos detalles como los timbres que van en medio y los anuncios de las universidades pato (“termina tu carrera en dos años. UDAL) con que he caído en el mismo camión de hace rato. Psss. Qué cagado ¿no? El tiempo te sorprende en una vuelta y siempre nos volvemos a encontrar, así como dijera un carnal: “Tantas vidas da una vuelta”. ¿Pos a poco no?.

      Esta vez el camión se vino en chinga. El tianguis está a todo, y los puestos, que en la mañana eran bien poquitos, ahora ya son un chingo: Chachareros, fayuqueros, verduleros, queseros, floreros, pulqueros, abarroteros (tranzas), taqueros, barbacoyeros, zapateros, pirateros, pizzeros, eloteros, memeleras, tortilleras, comideras, y así, conforman un desmadre donde es imposible rolar sin que alguien te roce el hombro o así… De hecho, de camino a casa del Dang –que vive ahí enfrente del meritito tianguis, que le cubre la entrada- tengo que rifarme con un idiota que ya va pedo; el imbécil cree que ya me manoseé a su vieja y no deja de chingar, así que lo paro en seco con un madrazo que lo deja tumbado. Lo chingón es que a la gente le vale madre y se sigue derecho sin pelar a ese pinche borracho; acaso su vieja y unas pinches arguenderas que están cerca empiezan a joder. Yo las mando directo a la verga: “cállense, viejas pendejas, estuviera tan sabrosa para darle. Nel.  Ahí está su calientito, no se quiera pasar de verga”. Cuando toco a la puerta del Dang la ansiedad me pone tenso y la cabeza me da un dolor encabronado. Nadie abre. Parece que no hay nadie. En efecto, no hay nadie. Miro mi reloj y son las cuatro en punto. Carajo, ahí viene don Pendejo Borracho y se me queda mirando muy acá. “Ábrete, ese, la neta no te quiero volver a poner en tu madre”, le digo mientras lo fulmino con una mirada salvaje. “Pues como veas. Vamos a darnos en la madre”, me contesta, mientras veo que detrás de él, una pandillota como de cuatro culeros, con playeras y shorts del América se acercan. “Nomás tú y yo, puto, no seas maricón”.  Observo a un cabrón que se acomoda algo entre los puños - sí, a huevo, un bóxer. Los cinco se dejan caer y alcanzo a correr. De repente, algo se calienta en mi cabeza y es como si volviera a estar puesto. 

      Oscuridad. Viaje. Sangre. Corretiza. Locura. Gritos. Sangre.

       La derrota de Damasco se quedó esperando.

      “Qué pedo pinche Muerte, caile al desmadre, los Pañales van a llegar a cotorrear”. “¿Neta?” “Sí, wey, neta” “Hijos de su puta madre, pinche Cacai va a valer verga junto con los otros pendejos; la otra vez se pasaron de verga: le rompieron su madre a mi carnalito el Arturito” “¿No mames?” “Sí, hijos de su puta madre, lo agarraron a madrazos ahí en el cotorreo del Liran Roll en el salón de la CAPU”. “Chale pinche Muerte, pos qué pedo, no mames, hay que ir al sobres”, sentenció el Mario. Detrás, la música sonaba.  

           Me has hechizado nena, nena… me he enamorado nena, nena.

          Ya caía la noche y el sonido Fantasma hacía sonar sus bafles a todo lo que da. Los de la Metallica, los Cletos y los Jarochos llegaban. La Popular se llenaba con las pandillas del sur: la Tabasco era el lugar indicado; las bocinas, amarradas de la barda de la primaria Salvador Allende, sonaban efusivas: los bajos vibran “al ful”: la cabeza se revienta; los medios y las balas murmuran guarachas y salsas sabrosonas; los pasos de la banda (un dos tres brinco) son pas pas  sobre el muro, sobre el pavimento, sobre la puta muerte, sobre la tristeza de mierda, sobre la pobreza,  sobre el agandalle… sobre el atraco, el amor fatal, sobre el abandono. El baile se siente hasta los huesos.

        Nena, la magia de tu amor, me quema como un fuego y me derrite como un sol
        Me has hechizado nena, nena… me he enamorado nena, nena.

“Ya los liqué, ése”. “Simón, no hay pedo, yo brinco”. “De todas formas, el pinche Canibal me dijo que le llegaba”. “Pufff, no mames, ese cabrón es un pasado de verga”. “¿Pos de qué se trata? Esos hijos de la verga no se dieron un pinche aliviane: se agandallaron culero con mi carnal, pero pos ahorita a ver  si la aguantan: van a mamar”. 

           La Brinquitos ya llegó. César Juárez, el maestro de ceremonias,  lo anuncia: “Ya está aquí la Brinquitos. Ooooooye: La  Brinquiiiitos ya está aquí. Goooozalo, nena.”  Inmediatamente la Brinquitos, con sus jeans entallados y su blusa con dibujos de la Virgen de Guadalupe, hace vibrar la pista de concreto. Los chavos se acercan. Sus cuates la bailan. El sonido alegra la vida: el corazón se cimbra y una pequeñita muerte se siente en el alma. La Brinquitos ya olvidó todo: los golpes de la pinche vida y el cansancio mismo no existen. (No hay nada nada nada nada… naaada naaaada naaaaada… Hazme tuya pinche Muerte Báilale cabrón tómame toda la cintura acá brinco persignada cruzadito).

      “Oye, ése Muerte, como que yo creo que ya no le cayó el Canibal, se me hace que nomás no quiso jalar”. “Nel, ese wey es mi carnal, a huevo que llega”

       El Cacai no se ha movido absolutamente para nada: es una piedra. Su cerveza es todo. La bolsa se retuerce: aspira el aire de la bolsa. La borrachera lo deja absorto en los tennis de un guarachero (Están chingones son naik a huevo)

     << Memelas, ponte trucha…  ese morro trae unos tennis chingones, vamos  a darle baje ¿no?>>. <>, contesta el Memelas mientras César Juárez dice: “Saluuuudoss pa todas las baandas” y suena una cumbia poblana.

        Allá vienen bailando las bandas de Puebla, de puebla… A la fiesta de su líder van a bailar, a bailar

       Las pandillas se emocionan y algunos responden al grito de “las bandas de puebla: “la jil said, la jil said” o “la metal, la metal”.

       Baila baila negrita, baila más, baila baila que de esta no hay otras más…

       Los Pañales ya pisan territorio: son como cuarenta. Las botas de casquillo. El pelo mugroso y bien alborotado. Las mechas rubias. Los rostros prietos. Los estoperoles.  Las chamarras. Son ponks aztecas. La gente los mira con respeto. Hasta el frente un cabrón hace espacio entre los danceros; detrás vienen los demás entre empujones, rodillazos y codazos que dejan a uno que otro tirado sobre el pavimento. <> César Juárez con el micrófono: “Carnales, aliviánense, no se pongan en su madre. No queremos violencia”. La gente observa a su alrededor y muchos incluso se alejan a las orillas para evitar chocar con alguno de la banda. Todos lo saben, es inevitable: los madrazos se sucederán en cuestión de minutos, cuando el sonido retumbe con las rolas del Haragán, de la Banda Bostik, del Sam Sam, del Liran o de cualquier banda del rock urbano. Aunque es bien sabido que la rola que provocará el caos esta noche, cual grito de guerra, es aquel susurro de saxofón y batería estridente, que antecede la historia usual de todas aquellas mujeres que mueren con las bandas en el filo de la vida, indolentes, hastiadas, esperando un gran amor  que saben que no llegará, perdidas en un vaso de alcohol e inhalando el aire amargo de los desperdicios que se ligan a la otredad, tan desesperanzadora y fugaz. Ese grito de rabia es tan sólo un instante: la violencia, los gritos y la sangre ya han muerto antes, en algo innombrable: un segundo antes del segundo,  y que incluso es anterior a cualquier tiempo que así se pueda evocar. Las vibraciones ya no transmiten absolutamente nada. El espacio parece estancado y los rostros ya no miran: todo es un vacío agobiante, triste, lleno de temor.

        Con tu cuerpo junto al mío quiero respirar tu aliento, quiero sentir tus latidos; anhelaba este momento… de  amarnos de nuevo una y otra vez, una y otra vez…

      “Pónganse vergas, no se paniqueen, acá atrás ya hay paro: el caníbal se jaló con la bandota”.  Los dedos del Mario tiemblan cuando acerca su mano a la nariz; envuelto entre su mano hay un algodón, se percibe húmedo. Aspira, exhala. Aspira. Después de esto, el Mario acerca al Pájaro una botella amarilla: el pibi, el activo, la mona. Todos los cuates monean pa aguntar los putazos. El olor los relaja, los tranquiliza para la batalla.  “Ya, no se pongan hasta el huevo, no se vayan a apendejar y valen verga”. El Muerte observa: del otro lado, cerca de las barras de contención de las bocinas, el Cacai le susurra algo al oído al Maciosare, líder de los ponks aztecas; la mirada del Cacai lo enfrenta, mientras el Muerte palpa algo dentro de su bolsillo derecho. En ese mismo instante, César Juárez le manda saludos al Maciosare. El Maciosare se envanace: alza su puño fuerte, aguerrido, su acto es un augurio, como cuando el grito de las hordas anuncian la inminente batalla…

      Con tu pecho junto al mío quiero recorrer tu cuerpo, tus labios enardecidos entregándonos al tiempo… De amarnos de nuevo una y otra vez, una y otra vez

       La pieza termina. “Ya mero nos vamos, pero no se quedan solos, voy a dejarlos con el mero Ramón Rojo pa que esto siga”. De repente suena. Es aquella música. Es inexorable. Los gritos de las bandas se oyen tan fuertes que se cimbra el lugar. Todos se acercan al centro de la pista dando unos pasos largos, algunos brincan mientras jalan su cuerpo hacía atrás. César Juárez detiene la pieza y en su lugar suena música tecno y de repente su voz nuevamente: “Nos vamos con esto último, para toda la banda rockera” Las miradas se cruzan,  los nervios se palpan en ellas. El olor es el de la promiscuidad. Los olores se entremezclan, es degenerado. Nada más cercano al olor que tiene el miedo, el miedo que habita en estos cuerpos oscuros, inclementes, sucios.

         …

       El rock atrae los cuerpos, los une, los potencia: su fuerza radica en eso, en el poder que les promueve y ejerce. La energía se transforma y el rock es un generador de aquel cambio. No importa que la masa  y el reposo sea exorbitante, el rock alienta al movimiento: es dialéctica, Voluntad, Poder, Amor y Odio. Es la fuerza del mundo y de la Historia.  Con el rock, los cuerpos se sinceran, no hay encuentro más fiel. El rock and roll, el skankin, el pogo, son la expresión de ello: son el amor y el odio que se tiene hacia el otro. La otredad más cercana posible.     No importa nada, el rock lo absorbe todo; nuestra actitud es dirigida por él: nada, absolutamente nada, nos desposee de su fuerza. La vida misma torna su sentido en él cuando las guitarras y las baterías han hecho ya su presencia en el universo. El rock vive y muere al mismo tiempo, por lo que sus consecuencias son efecto del ser y sus circunstancias…

       Las bandas se acercan cada vez más, su encuentro será en breve. La canción ya suena. El Mario choca con el Maciosare, sin embargo Mario no resiste el embate y cae al suelo. Cerca de él, el Trompas de los Metales y el Oscuro de los Pañales se enfrentan: los dos reparten codazos mientras se empujan con los pies, haciendo un baile que parece de marionetas. Los dos resisten, nadie cede; el baile los aleja. La gente se empuja y forman una masa que gira con un orden inaudito: unos van y otros vienen para chocar. El Mario está siendo terriblemente aplastado y a pesar de los esfuerzos del Chato y el Perro por levantarlo, no hay ninguna oportunidad. Es imposible, el Mario está inconsciente y los Pañales hacen todo por no permitir que sea extraido de ese lugar. 

       Las barbas mojadas de brandy y de ron. Las piedras rozando tus senos

      En medio de todo, el Cacai se esconde, es sigiloso y sabe cuándo es el momento de actuar. El Memelas lo cubre. Mientras él empuja, el  Cacai extrae de su bolsa un cuchillo cebollero. Discreto, extiende la mano e intenta herir al Yimi. El yimi siente caliente el brazo: el cuchillo lo rozó nada más. El yimi intenta regresar pero es guiado por la masa que gira y gira bailando.

        Mi muñequita de hule, de plástico. Mi muñequita sintética, mi muñequita sintética, inhalando gotitas con resistol

        Es imposible detenerse. Hacerlo sería caer al suelo. El Muerte lo sabe y por eso baila sin parar. Se cubre el rostro con los brazos y al mismo tiempo reparte codazos. Algunos caen y sufren la misma suerte que el Mario. Por fin, las miradas del Memelas y él se encuentran. El Muerte sabe que detrás viene él, el hijo de puta del Cacai.  El Muerte extrae algo del bolsillo derecho. Lo hace lentamente pero con  decisión. Están cerca. La noche brilla y las luces del sonido crean una atmosfera de colores increíble: las luces centelleantes hacen que los cuerpos parezcan intermitentes. Plap. Plap. Plap. Las luces rojos,  azules, verdes y moradas se combinan, giran. Len-to. Len-to. Rápido Rápido Rápido. Plap. Plap. Plap. El Cacai y el Muerte se saben cerca. Las luces les dan una sensación de seguridad: sus movimientos los presienten perfectos, certeros, claros. Aunado a eso, el alcohol y las drogas son un aliciente maravilloso para esta oscuridad tan colorida. El Muerte mira al cielo y susurra algo. Sabe de la necesidad de tocar la realidad con los ojos: en tales circunstancias sólo el cielo estrellado goza de una entereza que no es desdibuja por este espectáculo de intermitencias. El Cacai lo espera. Tiene listo el cuchillo, bien erguido para encajarlo en el estómago del Muerte, ya midió la distancia. El Muerte baila con los hombros de atrás para delante.  Sus pasos son largos… Pum. Pum. Pum. Pum.

       Cuántas manos han tocado tus manos las mismas que te han asesinado. Cuántos ojos te han mirado a los ojos…

       La gente corre, se cubre, se tira al suelo. La música se ha callado intempestivamente. Todos tratan de huir. Algunos brincan las vallas y otros se amontonan en la salida y la tiran por completo. Todo es un caos. El Muerte se ha marchado, nadie lo vio saltar la barda de la escuela. 

     Mientras tanto, en medio de la pista, el cuerpo del Memelas y el Cacai sobresalen entre tantos otros que están tirados. Tienen perforado el cráneo y pequeños restos de cerebro han quedado regados en medio cascos de cerveza y basura… Esta noche Ramón Rojo no pondrá a bailar al personal con su Derrota de Damasco.

Sobre la literatura de Ramírez



Crónicas a Contracorriente-

Por Lino.

Por ahí se ven unos cuantos librillos del maistro, los cuales han sido un desmadre encontrarlos porque las pinches librerías no los vuelve a pedir y las editoriales no los vuelven a reeditar, por lo cual hay muchos libros ya inencontrables como "Crónica de los Chorrocientos mil días del Barrio de Tepito: en donde se ve, cómo obrero, ratero, prostituta, boxeador u comerciantes, juegan a las pipis y gañas, o sea, en donde todos juntos comeremos chi-cha-rrón", "La casa de los ajolotes", "Me llaman la chata Aguayo" -que presumo, lo pude encontrar arrumbado en una librería de Donceles-, "Tepito" -libro que de churro encontré en una librería de acá y que dice el maistro que fue un libro que le encargó el presidente Putillo, para conocer la vida del Barrio de Tepito y por el cual cobró una lanita allá mero en Gobernación-, "Bye, Bye Tenochtitlan", "El regreso de Chin Chin el Teporocho en la venganza de los jinetes justicieros" -que es un libro muy chingón porque lo hizo con ilustraciones de los pintores del Arte Acá-, "Sostenes San Jasmeo" y otros más que por el momento no recuerdo.



"No me importó escribir Chin Chin así, pero yo veo que a gente "muy culta" le importa. Para ellos escribir bien, hacer literatura, es acentuar bien, en lugar de ver si es un reto literario el  domesticar una lengua o un habla popular y hacerla literaria, sin concesiones, sin acudir a la perceptiva o a las reglas gramaticales, o sea la sintaxis. Pues yo oigo hablar a la gente y no habla correctamente y se entiende. La función de una lengua es comunicar, no es aprenderse las reglas del buen decir o el buen escribir, entonces, un escritor traiciona su identidad cultural si obedece a las reglas a las cuales no corresponde su concepto de vida. Si yo hubiera estudiado en la UNAM, hubiera aprendido todo eso y entonces hablaría de la gente del barrio desde un punto de vista superior, aparentemente, pero si me niego a eso, entonces sigo conservando, de alguna manera, mi visión de la vida de cómo es el barrio, entonces cuento como un tepiteño, como uno de barrio, no como un profesor de literatura que salió de Tepito y cuenta. Entonces, yo siento que ese es un reto muy padre, pero no creo que lo entiendan y yo tampoco lo voy a decir. (...) 


La neta ojalá se animen a leer los libros del maistro porque son una chingonería de narración y un testimonio chido de la vida en el barrio. De esta onda pueden leer: "Quinceañera", "Noche de Califas"; más o menos "Pu",  que es una novela súper fatalista y cruda, la cual no está escrita en la onda del barrio pero sí de los chavos de barrio cotorreando en los cines;"¡Pantaletas!"; "La tepiteada", hecha más o menos a la onda de La Ilíada, donde los chavos de los barrios de la Ciudad de México -La Merced, Tepito, La Candelaria y las colonias del Centro- se encuentran con las huestes de los dioses, de los encumbrados, de los ricos y los ojetes que habitan en Palacio Nacional; por supuesto, el ya aclamado y famoso "Chin Chin el teporocho" es inevitable. Por otro lado también pueden leer su trilogía política que consta de "El presidente entoloachado", una onda que cuenta las aventuras y peripecias de El Botudo Fito Quesadilla, Presidente de la República Tanpendecuerense que llegó a ser el primer Presidente que sacó al Pirrín de la silla y que entoloachado por su vieja, una tal María Jesusa, pasó a delegar sus decisiones a esta vieja rata y corrupta -ah chingaos, ¿pos apoco no les suena? ; "La Chachalaca, el Pelele y el Legítimo"; y ya por último, parodiando aquel cuento bien mamalón de Pitorrosas, digo... Monterroso:"Y cuando despertó, el Prinosaurio todavía estaba allí". Ay nanita la ranita. Y Bueno, ya por último -de este escrito y de la producción del Ramírez-, recientito: "Fantasmas", una crónica chingona de la Ciudad de México y su Centro Histórico: libro lleno de referencias históricas interesantes y cotorras, que tiene como contrapunto una historia nostálgica de los años mozos del maistro. Pues échenle un ojito a tan chingonsita literatura. Total, como dice el señor que aquí nos incumbe: ¡qué tanto es tantitito!

 Y ya pa’ que se den un quemón, les dejo parte de una entrevista que le pude sacar al maistro hace un rato: 


“Un día el editor de Grijalbo dice con "Y cuando despertó el Prinosaurio todavía estaba ahí": -oyes, Armando, pero esto no se entiende, esta frase-, le digo sí se entiende, léela bien, léela con los puntos y las comas como está. Pero es que como leen con frases, de acuerdo a su ortodoxia no entendía; entonces yo le dije: bueno, vamos a hacer una cosa: ¿la quieres leer o la leo en voz alta? y me dice: -no, tú léela- y yo órale, fíjate bien, lo voy a leer de acuerdo a como está la coma y comencé a leer y me dice: -estás haciendo trampa, estás haciendo trampa- y le digo ¿ya ves que sí se entiende? Pero no estamos acostumbrados a leer así. O sea, si dejo de puntuar es que a lo mejor se está hablando de corridito,  por ejemplo, como el monólogo de Bloom, de sesenta u ochenta páginas, que no lleva ningún punto ni una coma: así es como el pensamiento fluye, es el famoso monólogo interior, pero estos bueyes creen que todo eso nunca lo he aprendido y entonces dicen: "esto está mal hecho". Ahí te das cuenta de que hay mucha gente que no ha leído (...)

“El problema, creo, es que lo leen descuidadamente porque me ningunean y entonces dicen "éste no puede tener ideas literarias ni una propuesta literaria porque no sabe nada de eso", dices ¡pinche gente pendeja!, ¿qué no se darán cuenta que después de cuarenta años ya me he leído todo y he vivido a un nivel mucho más alto que todos en conocimiento? Yo he conocido a presidentes, he tenido acceso a lugares que muchísima gente no ha tenido chance, he visto pinturas, arquitectura, personas, he escuchado; ¡que me lean! Te digo que me están contratando y me dicen "maestro, queremos su punto de vista de la calle, de lo que es la vida en la calle, no lo académico, no la gente que lee" y digo ¡puta!, este güey me sigue viendo así. No vas a luchar contra él. Ya cuando me conocen ya es otra cosa."



Esto se acabó... Tan tán.

A mitad de año, nuevo disco de Morrissey


True-To-You, sitio cercano -casi-oficial- de Morrissey, ex integrante de The Smiths, comunicó hace pocos días de la próxima salida -entre junio y julio- del tan esperado nuevo trabajo que llevará por nombre “World Peace Is None of Your Business".

Se adelantó que este disco tendrá doce canciones y está trabajado en Francia de la mano del productor Joe Chiccarelli, conocido por producir materiales con artistas de la talla de Elton John, The Killers, U2 y Beck, cabe mencionar que Chiccarelli ha tenido la fortuna -o desgracia- de trabajar también con material nacional como Café Tacuba o Julieta Venegas.

Desde 2009 Morrissey no ha entregado nuevo material, el último fue su exitoso “Years of Refusal” que promocionó en México en 2011 y después solo falsas alarmas de su presencia en tierras aztecas; esperamos que este nuevo material sirva para tenerlo de visita.

Sin más por ahora, les dejamos en órbita este “Satélite del Amor” interpretado por el vegano inglés en homenaje al gran Lou Reed en la entrega de los Premios Nobel 2013.


Que no te hagan bruto estos putos


Music in a coma-

Por Iván Carrillo.

Hace tiempo, más morro, recuerdo que rondando los nueve o diez años, junto a mi jefe y su eterna solidaridad izquierdosa, asistí a una fiesta de trabajadores de la vocho o alguna otra fábrica de autopartes de cuyo nombre no puedo acordarme, con workingclassheroes en la colonia Tepeyac, famosísima por estos lares poblanos. Nos chingamos unos mixiotitos con su respectivo arroz y mi padre procedió con una cervecita; de tener un par de años más seguramente también le hubiera entrado, pero no era la ocasión, total que después de unas cuatro o cinco soles de media, mi viejo dejó de cuidarme y tuve la libertad de empezar a fisgonear en la vecindad.


Después de armar un par de desmadritos por el lugar, me estremeció un fenómeno físico-sensorial-enigmático donde todo a mi alrededor estaba bloqueado y mis sentidos no lograban percibir nada, excepto una grabadora Sony de casetes que a través de sus defectuosos altavoces escupía un “… para que nadie se quede sin chingar, para que todos chinguemos igual, chingo yo, chingas tú, chinga tu madre.” Me acerqué en chinga al reproductor y apañé de inmediato la caja del casete que en la portada mostraba las piernitas de una escolapia de secundaria general con las braguitas a medio bajar y junto un cuadrito que pasó desapercibido en aquel momento y que, entre otras cosas dibujaba en letras altas “ADVERTENCIA”. Por supuesto mi padre y sus colaboradores acabaron hasta el huevo, mientras yo repetía una y otra vez el casete, alguno de ellos se dio cuenta de mi fascinación por estas rolas y tuvo a bien obsequiarme este tesoro del rock. De regreso a casa tomé por asalto el autoestéreo Mitzu que mi jefe había instalado unas semanas antes en su vochito color verde avispón y sin pedir permiso ensarté el pedazo de plástico.


Era un escuincle caguengue y baboso pero esa era ya mi primera vez. Mi primera aproximación consciente al rock mexicano. En honor a la verdad, debo confesar que mi jefe me había presentado ya algunas tonadas del Real de Catorce, el Rockdrigo o los Caifanes, y seguramente yo hasta las bailaba mientras servía tragos a mis tíos en alguna de las tantas pedas familiares que sucedían en mi casa, pero los Molotov habían creado en mí una revelación o mejor dicho, una revolución. Y así pasé un buen rato, queriendo rocanrolear con los grandes. Recuerdo a mi tío el “Pollo” cargándome en hombros para entrar a un concierto de los molochos en algún recinto bravo cercano a la CAPU o al “Flaco” comprándome una Pepsi en otro recital de estos en un rodeo de Cholula mientras yo cantaba “Puto” a todo pulmón.

Es evidente que estos cuatro culeros fueron la voz de una generación y que tuvieron los huevos de decir “Gimmethepower”, aconsejar “Que no te haga bobo, Jacobo” y mentarle la madre a los gringos puñeteros, además de realizar exorcismos sin olvidar que estás en tu casa tan triste y tan sola y que el mundo se va a acabar. Todavía pataleaban cuando presentaron el “Con todo respeto”, producción de covers que, si bien apuntaba que habían perdido un poco de imaginación, les alcanzó para hacer un disco bien logrado. Después nos llegaron con la mamada de su separación y el “Eternamiente” y fue ahí cuando supimos que todo había valido madres, todos vestiditos de Adidas tocando en foros fresas o en festivales mamones, y se la han ido campechaneando sacando discos en vivo o su documental. No se dejan morir.

Es bien sabido que estos cabrones son unos juniors fresones; con el hecho de saber que Jay de la Cueva fue de los primeros integrantes de esta banda nos podemos dar una idea de su círculo social, aunque ese no es un tema en el que deba profundizar mucho. Qué hueva.

Aquí está el gran pedo. Hace un par de semanas anunciaron que el 29 de Abril será lanzado su nuevo álbum de estudio y además tuvieron el valor de presentar su primer sencillo “Ánimo delincuencia” que no nos da nada nuevo. Musicalmente presenta unos riffs de guitarra que no parecen tener forma o intentar llegar a algún lado, línea de batería bien marcada y juego de bajo -algo que les conocemos desde el “Dónde jugarán las niñas”-, y el mismo discurso de siempre. Encontramos expresiones tan risibles como “…Si las balas tuvieran ojos, verían perfectamente el desmadre insensato, que impacta a la gente…” ¿las balas? ¿ojos? ¡Qué pedo! Y por si fuera poco presentaron de lado B una rola llamada “La Verga” que trae la misma fórmula que les ha funcionado, mentar madres y polemizar con groserías. Lo que no se han dado cuenta es que los tiempos están cambiando y ya no sorprenden a nadie con un “… estás que te lleva la verga, ni tú ni nadie, podrán detenerla…”.

Es difícil descifrar cómo va a estar el nuevo disco, evidentemente con una producción de miles de pesos, los mejores instrumentos y los más caros ingenieros, pero, según lo mostrado en las rolas de adelanto, pocas ideas y ninguna novedad. Habrá que esperar. Seguramente este texto ustedes -los más fervientes fans- se lo pasan por los huevos, pero alguien tiene que decirlo y eso que soy de esos que piensan que los nuevos discos siempre son más chingones.

Hace unos días los tuvimos en Puebla, en el ya clásico Corona MusicFest, junto a los Ángeles Azules, Zurdok y otros, seguramente ustedes al igual que yo, se tuvieron que embrutecer y soportar las rolas nuevas sólo para cantar “Chinga tu madre”, qué le hacemos.

Editorial



Esta revista es para aquellos que quieren tener una relación viva con el rocanrol y por rocanrol me refiero a la vida; esa perra que muchas veces se viene encima encorsetada por fórmulas rancias y engorrosas horas de oficina maquinando hojas de Excel. Cada vez somos más las criaturas que necesitamos salir de la estratosfera, despegar los pies de la tierra y sentir lo real –por lo menos por unos segundos-. 

     En tiempos tan violentos nuestra mente sufre profundas transformaciones y los viejos contenidos se vuelven extraños. Sputnik Fanzine surge como un medio alternativo para renovar el diálogo con nuestra cultura y nuestra generación, y para lograrlo es preciso destruir nuestros cultos a través de la irreverencia: ¿Qué aporta el rocanrol al conocimiento de nosotros mismos? ¿Por qué figuras como Don Quijote, Yoda, Bob Dylan o Rockdrigo González son tan imprescindibles? ¿Qué ha dicho Bukowski que no supiéramos ya?

   Esta revista aborda los episodios remotos y centrales del Antiguo y Nuevo Testamento de Kerouac; la emergencia del Post-Punk y la epopeya del New-Wave-Acid-House-Revival-Disco-Underground en México a través de las pequeñas obras de grandes y chingonas bandas. Sin más, los dejamos abordar el Sputnik, hay lugares para todos, disfruten el viaje y que viva el rocanrol. Abróchense sus cinturones. Despegamos.

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