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¡Puta madre!

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A Contracorriente-

Por Lino.

¡Puta madre! Otra vez... Lo último que recuerdo es que anoche yo estaba cotorreando con toda la banda: El Mickey, el Chivo y el Dang, mientras nos pisteábamos un Bacacho blanco. Los hijos de perra volvieron a botarme aquí en la calle. El sol me jode un huevo. Ya es hora de moverme. Mientras me levanto, observo que algunas personas ponen alcayatas en el suelo y empiezan a montar sus puestos ambulantes con lonas de costal, mientras  otras más tienden plásticos sobre el suelo para poner sus baratijas y chácharas. Un olor a meados me inunda el ambiente. ¡Mierda! Algún cabrón, mientras dormía, ha venido a chorrearme todo. Es probable que haya sido ese cabrón del Mickey. Ese joeputa siempre sale con mamadas como esas. Carajo. ¿Pero qué mierda pasó anoche?... Me siento de la verga. Intento recordar… Qué pedo ese Carlos. El café y la coca. Dos tres jalones. Las putas de la Coss. Chichis. Nenas en todo su esplendor.

          Mientras camino para la Popular me encuentro con el Rosas, quien me invita una caguama para curarme la cruz. El tipo es buen carnal y siempre es re alivianador con todos los cuates. Por un momento me clavo y pienso que qué buena onda tener bandita así chida ¿no? Veo que mientras caminamos a la tienda se queda fijón gacho; pienso que será por el olor que emana de mi chamarra de mezclilla con parches bien acá punks y rocanroleros, pero no me fijo porque la mera neta traigo una cruda de la verga.  Entonces, de repente, por ninguna razón clara, me arrepiento un poco por agandallarme con él cada vez que ando hasta la madre. Al final me desafano de la idea y no hay pedo. Mientras, nos sentamos ahí afuerita de la tienda y observo atento a los morros que mueven la pelota; la liga de los domingos tiene partido y un chingo de rucos observan a sus hijos jugar mientras gritan hartas cosas para animar a sus críos. (“Corre, pendejo… Ahí, ahí, ahí. Toca, toca, toca. Ummmmmta madre, ahí estaba el gol, cabrón. Deja de andar de personalista y tócala”); algunas señoras gordas preparan las aguas o comen sus chicharrines mientras los jefes de la familia ya se han reunido en bandos a echar caguamas acá ¿no? Algunos viejos ya andan bien pedos y se mientan la madre con los papás del equipo contrario. (“¿Qué, puto, qué te clavas?” “Vete a la verga: como veas” “Órale, pendejo, ahorita vas a ver” “Chinga tu madre” “Chingas a tu puta madre tú” “Ahorita les vamos a partir su madre. Van a ver, pendejos”).  El Rosas anda medio paniqueado y me observa un chingo de tiempo sin decir nada, hasta que finalmente ya no puede evitarlo: “Qué jais, pinche Suavecito, no mames, ¿ora esos putazos que traes en la jeta?”  Mientras me tomo un trago de la Vicky, con una mano palpo mi cara. Pffff. No mamar. A qué hora se hicieron los madrazos.  Por más que intento recordarlo todo la neta nomás no doy. ¿Qué habrá sido de esos cabrones? ¿Será  posible que hayan brincado todos a los madrazos o nomás fue puro agasaje de alguien mientras yo andaba puesto? Realmente, el madrazo que traigo está gacho y me preocupa llegar así. “No sé, cabrón, amanecí tirado ahí en la Coatepec; anoche estuvimos chupando ahí con el Dang, creo luego nos fuimos a la Coss a ver pelos”, le respondo. “¿Neta? No mames, wey, hoy en la madrugada al Mickey lo enfierraron ahí por la Nacional, dicen que creo ahí iba también el Chivo y que ese cabrón no aparece, ¿no andabas con ellos?”. Alerta, alerta. Mi cerebro se activa casi al cien, aunque de repente la chela me nubla las ideas. No  alcanzo a responder nada. Los rucos ya se calentaron y apaciblemente observo que la tierra de la cancha se alza a ratos hasta volverse una neblina. Trato de pensar y no hallo nada. Mi cerebro no cacha nada. Un vejete panzón ya sacó el pico y nadie lo ve; yo lo observo: el muy hijo de puta se va arrastrando porque al parecer ya lo sentaron a vergazos, y se va a acercando a otro ruco mofletudo y gacho que tira madrazos a diestra y siniestra con una técnica admirable. Pum. Pum. Mi cerebro no da. Puta. El viejo culero sigilosamente se va a cercando y en un santiamén le clava la punta en la pierna. 

        Gritos. Sangre. La gente que se va haciendo a un lado. Las gordas y las nenas que lloriquean. Yo abriéndome en chinga, como si se tratara de una última oportunidad para sobrevivir. 

       Cuando llego a mi casa ya son las dos. El pinche camión se tarda un chingo y es desesperante que encabrona, más cuando se va parando a cada rato para subir pasaje durante un chinguero de tiempo y no le importa que los semáforos ya le hayan dado el verde; no, los hijos de puta  camioneros pueden esperar hasta tres semáforos para moverse sin importarles la desesperación de los pasajeros. Cuando he cruzado la puerta, mi mamá emocionada me ha dicho: <>. Pobre de mi jefecita, la neta la quiero de a madre pero hay veces que nomás no la guacho; por eso, mejor me meto a echarme un baño de a volada y cuando salgo observo que mi mamá le anda echando sus rezos a la virgencita. Apenas alcanzo escuchar: “cuídamelos, cuídamelos”. La verdad es que siento gacho porque sé que sus rezos son para nosotros sus chavitos. Me acerco y la abrazo por detrás mientras le digo: “Jefa, aliviánate, todos andamos tras la chuleta; no las queremos dejar desamparadas a ti y a mi carnalita; ya ves que últimamente ha habido una feria para que te compres tu Avon y tu Tupperware; aliviánate, a veces tenemos nuestros negocitos por ahí y pues tú sabes que la chamba es la chamba; vas a ver que pronto nos vas a tener a todos acá juntitos y nos vamos a Juquilita, me cae”. Veo que mi jefa se aliviana cuando le digo lo de Juquilita y eso me tranquiliza un poco. Pobre de mi jefa, hace muchos años que no va allá; la última vez éramos morritos y mi jefe ya andaba en las últimas de la tuberculosis, nada se lo pudo detener. Diosito sabe qué onda ¿no? Uno nomás ahí la va sorteando, esperando que a uno le haga un paro y desgraciadamente a mi jefe pues no se lo hizo: Él sabe por qué será. La verdad es que mi jefe ya sufría un chingo y hasta sangre vomitaba, y a lo mejor es por eso que se lo quiso llevar ¿no? Pa que no sufriera más gacho. Al menos mi jefa así lo piensa, y pues la mera verdad es lo más lógico ¿no?

       Sangre. Lágrimas. Ambulancias.

      Después de abrazarla un rato le digo a mi jefa: “Ya me voy, jefa, dame la bendición”. Así lo hace y me despido con un beso en su frente, esa frente llena de cabello blanco blanco como las nieves de limón sin colorante, de esas que mi papá compraba ahí por el Carmen cuando regresaba de la Unión, esa fábrica donde hacía labor, cuando éramos morritos. Puff. Pinches recuerdazos. Ojalá mi jefe estuviera nomás pa decirnos: “No hay pedo, chamacos, coman pasas pa que su cerebro se ponga bueno. Van a ver que con eso van estar listos pa la escuela. Ya luego, cuando hayan salido de sus carreras, su cartera va andar hinchada. Échenle ganas, no sean huevones”. Chale, a veces siento culpa por eso, por no haber podido ni con la prepa; al año me expulsaron y la mera verdad ya me dio hueva intentarlo de nuez. Y pues sinceramente a veces me doy cuenta de que no hubiera servido de nada. ¿No acaso el marica ese del Artemio, con tanto y un chingo de escuela, nomás no agarra jale? Es más, el puto ese anda jodido con las chácharas y da una lástima que saca de onda. ¿A poco no? Pero en fin… Al menos mi jefe, con su ilusión de la escuela, pues nos daba una animada bien bonita para creernos chingones, cosa que la mera neta quisiera sentir ahorita que la cabeza me pone trampas. ¿Qué mierda pasó anoche? ¿Dónde están esos ojetes? ¡¿Y el Dang?

      !Sí. Sí. Claro; tengo que ir a ver al Dang. Gordo cabrón. Él tiene que saber  qué onda con todo. En el camión de vuelta a esas tierras del sur de la ciudad me vuelvo a encontrar, después de ver algunos detalles como los timbres que van en medio y los anuncios de las universidades pato (“termina tu carrera en dos años. UDAL) con que he caído en el mismo camión de hace rato. Psss. Qué cagado ¿no? El tiempo te sorprende en una vuelta y siempre nos volvemos a encontrar, así como dijera un carnal: “Tantas vidas da una vuelta”. ¿Pos a poco no?.

      Esta vez el camión se vino en chinga. El tianguis está a todo, y los puestos, que en la mañana eran bien poquitos, ahora ya son un chingo: Chachareros, fayuqueros, verduleros, queseros, floreros, pulqueros, abarroteros (tranzas), taqueros, barbacoyeros, zapateros, pirateros, pizzeros, eloteros, memeleras, tortilleras, comideras, y así, conforman un desmadre donde es imposible rolar sin que alguien te roce el hombro o así… De hecho, de camino a casa del Dang –que vive ahí enfrente del meritito tianguis, que le cubre la entrada- tengo que rifarme con un idiota que ya va pedo; el imbécil cree que ya me manoseé a su vieja y no deja de chingar, así que lo paro en seco con un madrazo que lo deja tumbado. Lo chingón es que a la gente le vale madre y se sigue derecho sin pelar a ese pinche borracho; acaso su vieja y unas pinches arguenderas que están cerca empiezan a joder. Yo las mando directo a la verga: “cállense, viejas pendejas, estuviera tan sabrosa para darle. Nel.  Ahí está su calientito, no se quiera pasar de verga”. Cuando toco a la puerta del Dang la ansiedad me pone tenso y la cabeza me da un dolor encabronado. Nadie abre. Parece que no hay nadie. En efecto, no hay nadie. Miro mi reloj y son las cuatro en punto. Carajo, ahí viene don Pendejo Borracho y se me queda mirando muy acá. “Ábrete, ese, la neta no te quiero volver a poner en tu madre”, le digo mientras lo fulmino con una mirada salvaje. “Pues como veas. Vamos a darnos en la madre”, me contesta, mientras veo que detrás de él, una pandillota como de cuatro culeros, con playeras y shorts del América se acercan. “Nomás tú y yo, puto, no seas maricón”.  Observo a un cabrón que se acomoda algo entre los puños - sí, a huevo, un bóxer. Los cinco se dejan caer y alcanzo a correr. De repente, algo se calienta en mi cabeza y es como si volviera a estar puesto. 

      Oscuridad. Viaje. Sangre. Corretiza. Locura. Gritos. Sangre.

       La derrota de Damasco se quedó esperando.

      “Qué pedo pinche Muerte, caile al desmadre, los Pañales van a llegar a cotorrear”. “¿Neta?” “Sí, wey, neta” “Hijos de su puta madre, pinche Cacai va a valer verga junto con los otros pendejos; la otra vez se pasaron de verga: le rompieron su madre a mi carnalito el Arturito” “¿No mames?” “Sí, hijos de su puta madre, lo agarraron a madrazos ahí en el cotorreo del Liran Roll en el salón de la CAPU”. “Chale pinche Muerte, pos qué pedo, no mames, hay que ir al sobres”, sentenció el Mario. Detrás, la música sonaba.  

           Me has hechizado nena, nena… me he enamorado nena, nena.

          Ya caía la noche y el sonido Fantasma hacía sonar sus bafles a todo lo que da. Los de la Metallica, los Cletos y los Jarochos llegaban. La Popular se llenaba con las pandillas del sur: la Tabasco era el lugar indicado; las bocinas, amarradas de la barda de la primaria Salvador Allende, sonaban efusivas: los bajos vibran “al ful”: la cabeza se revienta; los medios y las balas murmuran guarachas y salsas sabrosonas; los pasos de la banda (un dos tres brinco) son pas pas  sobre el muro, sobre el pavimento, sobre la puta muerte, sobre la tristeza de mierda, sobre la pobreza,  sobre el agandalle… sobre el atraco, el amor fatal, sobre el abandono. El baile se siente hasta los huesos.

        Nena, la magia de tu amor, me quema como un fuego y me derrite como un sol
        Me has hechizado nena, nena… me he enamorado nena, nena.

“Ya los liqué, ése”. “Simón, no hay pedo, yo brinco”. “De todas formas, el pinche Canibal me dijo que le llegaba”. “Pufff, no mames, ese cabrón es un pasado de verga”. “¿Pos de qué se trata? Esos hijos de la verga no se dieron un pinche aliviane: se agandallaron culero con mi carnal, pero pos ahorita a ver  si la aguantan: van a mamar”. 

           La Brinquitos ya llegó. César Juárez, el maestro de ceremonias,  lo anuncia: “Ya está aquí la Brinquitos. Ooooooye: La  Brinquiiiitos ya está aquí. Goooozalo, nena.”  Inmediatamente la Brinquitos, con sus jeans entallados y su blusa con dibujos de la Virgen de Guadalupe, hace vibrar la pista de concreto. Los chavos se acercan. Sus cuates la bailan. El sonido alegra la vida: el corazón se cimbra y una pequeñita muerte se siente en el alma. La Brinquitos ya olvidó todo: los golpes de la pinche vida y el cansancio mismo no existen. (No hay nada nada nada nada… naaada naaaada naaaaada… Hazme tuya pinche Muerte Báilale cabrón tómame toda la cintura acá brinco persignada cruzadito).

      “Oye, ése Muerte, como que yo creo que ya no le cayó el Canibal, se me hace que nomás no quiso jalar”. “Nel, ese wey es mi carnal, a huevo que llega”

       El Cacai no se ha movido absolutamente para nada: es una piedra. Su cerveza es todo. La bolsa se retuerce: aspira el aire de la bolsa. La borrachera lo deja absorto en los tennis de un guarachero (Están chingones son naik a huevo)

     << Memelas, ponte trucha…  ese morro trae unos tennis chingones, vamos  a darle baje ¿no?>>. <>, contesta el Memelas mientras César Juárez dice: “Saluuuudoss pa todas las baandas” y suena una cumbia poblana.

        Allá vienen bailando las bandas de Puebla, de puebla… A la fiesta de su líder van a bailar, a bailar

       Las pandillas se emocionan y algunos responden al grito de “las bandas de puebla: “la jil said, la jil said” o “la metal, la metal”.

       Baila baila negrita, baila más, baila baila que de esta no hay otras más…

       Los Pañales ya pisan territorio: son como cuarenta. Las botas de casquillo. El pelo mugroso y bien alborotado. Las mechas rubias. Los rostros prietos. Los estoperoles.  Las chamarras. Son ponks aztecas. La gente los mira con respeto. Hasta el frente un cabrón hace espacio entre los danceros; detrás vienen los demás entre empujones, rodillazos y codazos que dejan a uno que otro tirado sobre el pavimento. <> César Juárez con el micrófono: “Carnales, aliviánense, no se pongan en su madre. No queremos violencia”. La gente observa a su alrededor y muchos incluso se alejan a las orillas para evitar chocar con alguno de la banda. Todos lo saben, es inevitable: los madrazos se sucederán en cuestión de minutos, cuando el sonido retumbe con las rolas del Haragán, de la Banda Bostik, del Sam Sam, del Liran o de cualquier banda del rock urbano. Aunque es bien sabido que la rola que provocará el caos esta noche, cual grito de guerra, es aquel susurro de saxofón y batería estridente, que antecede la historia usual de todas aquellas mujeres que mueren con las bandas en el filo de la vida, indolentes, hastiadas, esperando un gran amor  que saben que no llegará, perdidas en un vaso de alcohol e inhalando el aire amargo de los desperdicios que se ligan a la otredad, tan desesperanzadora y fugaz. Ese grito de rabia es tan sólo un instante: la violencia, los gritos y la sangre ya han muerto antes, en algo innombrable: un segundo antes del segundo,  y que incluso es anterior a cualquier tiempo que así se pueda evocar. Las vibraciones ya no transmiten absolutamente nada. El espacio parece estancado y los rostros ya no miran: todo es un vacío agobiante, triste, lleno de temor.

        Con tu cuerpo junto al mío quiero respirar tu aliento, quiero sentir tus latidos; anhelaba este momento… de  amarnos de nuevo una y otra vez, una y otra vez…

      “Pónganse vergas, no se paniqueen, acá atrás ya hay paro: el caníbal se jaló con la bandota”.  Los dedos del Mario tiemblan cuando acerca su mano a la nariz; envuelto entre su mano hay un algodón, se percibe húmedo. Aspira, exhala. Aspira. Después de esto, el Mario acerca al Pájaro una botella amarilla: el pibi, el activo, la mona. Todos los cuates monean pa aguntar los putazos. El olor los relaja, los tranquiliza para la batalla.  “Ya, no se pongan hasta el huevo, no se vayan a apendejar y valen verga”. El Muerte observa: del otro lado, cerca de las barras de contención de las bocinas, el Cacai le susurra algo al oído al Maciosare, líder de los ponks aztecas; la mirada del Cacai lo enfrenta, mientras el Muerte palpa algo dentro de su bolsillo derecho. En ese mismo instante, César Juárez le manda saludos al Maciosare. El Maciosare se envanace: alza su puño fuerte, aguerrido, su acto es un augurio, como cuando el grito de las hordas anuncian la inminente batalla…

      Con tu pecho junto al mío quiero recorrer tu cuerpo, tus labios enardecidos entregándonos al tiempo… De amarnos de nuevo una y otra vez, una y otra vez

       La pieza termina. “Ya mero nos vamos, pero no se quedan solos, voy a dejarlos con el mero Ramón Rojo pa que esto siga”. De repente suena. Es aquella música. Es inexorable. Los gritos de las bandas se oyen tan fuertes que se cimbra el lugar. Todos se acercan al centro de la pista dando unos pasos largos, algunos brincan mientras jalan su cuerpo hacía atrás. César Juárez detiene la pieza y en su lugar suena música tecno y de repente su voz nuevamente: “Nos vamos con esto último, para toda la banda rockera” Las miradas se cruzan,  los nervios se palpan en ellas. El olor es el de la promiscuidad. Los olores se entremezclan, es degenerado. Nada más cercano al olor que tiene el miedo, el miedo que habita en estos cuerpos oscuros, inclementes, sucios.

         …

       El rock atrae los cuerpos, los une, los potencia: su fuerza radica en eso, en el poder que les promueve y ejerce. La energía se transforma y el rock es un generador de aquel cambio. No importa que la masa  y el reposo sea exorbitante, el rock alienta al movimiento: es dialéctica, Voluntad, Poder, Amor y Odio. Es la fuerza del mundo y de la Historia.  Con el rock, los cuerpos se sinceran, no hay encuentro más fiel. El rock and roll, el skankin, el pogo, son la expresión de ello: son el amor y el odio que se tiene hacia el otro. La otredad más cercana posible.     No importa nada, el rock lo absorbe todo; nuestra actitud es dirigida por él: nada, absolutamente nada, nos desposee de su fuerza. La vida misma torna su sentido en él cuando las guitarras y las baterías han hecho ya su presencia en el universo. El rock vive y muere al mismo tiempo, por lo que sus consecuencias son efecto del ser y sus circunstancias…

       Las bandas se acercan cada vez más, su encuentro será en breve. La canción ya suena. El Mario choca con el Maciosare, sin embargo Mario no resiste el embate y cae al suelo. Cerca de él, el Trompas de los Metales y el Oscuro de los Pañales se enfrentan: los dos reparten codazos mientras se empujan con los pies, haciendo un baile que parece de marionetas. Los dos resisten, nadie cede; el baile los aleja. La gente se empuja y forman una masa que gira con un orden inaudito: unos van y otros vienen para chocar. El Mario está siendo terriblemente aplastado y a pesar de los esfuerzos del Chato y el Perro por levantarlo, no hay ninguna oportunidad. Es imposible, el Mario está inconsciente y los Pañales hacen todo por no permitir que sea extraido de ese lugar. 

       Las barbas mojadas de brandy y de ron. Las piedras rozando tus senos

      En medio de todo, el Cacai se esconde, es sigiloso y sabe cuándo es el momento de actuar. El Memelas lo cubre. Mientras él empuja, el  Cacai extrae de su bolsa un cuchillo cebollero. Discreto, extiende la mano e intenta herir al Yimi. El yimi siente caliente el brazo: el cuchillo lo rozó nada más. El yimi intenta regresar pero es guiado por la masa que gira y gira bailando.

        Mi muñequita de hule, de plástico. Mi muñequita sintética, mi muñequita sintética, inhalando gotitas con resistol

        Es imposible detenerse. Hacerlo sería caer al suelo. El Muerte lo sabe y por eso baila sin parar. Se cubre el rostro con los brazos y al mismo tiempo reparte codazos. Algunos caen y sufren la misma suerte que el Mario. Por fin, las miradas del Memelas y él se encuentran. El Muerte sabe que detrás viene él, el hijo de puta del Cacai.  El Muerte extrae algo del bolsillo derecho. Lo hace lentamente pero con  decisión. Están cerca. La noche brilla y las luces del sonido crean una atmosfera de colores increíble: las luces centelleantes hacen que los cuerpos parezcan intermitentes. Plap. Plap. Plap. Las luces rojos,  azules, verdes y moradas se combinan, giran. Len-to. Len-to. Rápido Rápido Rápido. Plap. Plap. Plap. El Cacai y el Muerte se saben cerca. Las luces les dan una sensación de seguridad: sus movimientos los presienten perfectos, certeros, claros. Aunado a eso, el alcohol y las drogas son un aliciente maravilloso para esta oscuridad tan colorida. El Muerte mira al cielo y susurra algo. Sabe de la necesidad de tocar la realidad con los ojos: en tales circunstancias sólo el cielo estrellado goza de una entereza que no es desdibuja por este espectáculo de intermitencias. El Cacai lo espera. Tiene listo el cuchillo, bien erguido para encajarlo en el estómago del Muerte, ya midió la distancia. El Muerte baila con los hombros de atrás para delante.  Sus pasos son largos… Pum. Pum. Pum. Pum.

       Cuántas manos han tocado tus manos las mismas que te han asesinado. Cuántos ojos te han mirado a los ojos…

       La gente corre, se cubre, se tira al suelo. La música se ha callado intempestivamente. Todos tratan de huir. Algunos brincan las vallas y otros se amontonan en la salida y la tiran por completo. Todo es un caos. El Muerte se ha marchado, nadie lo vio saltar la barda de la escuela. 

     Mientras tanto, en medio de la pista, el cuerpo del Memelas y el Cacai sobresalen entre tantos otros que están tirados. Tienen perforado el cráneo y pequeños restos de cerebro han quedado regados en medio cascos de cerveza y basura… Esta noche Ramón Rojo no pondrá a bailar al personal con su Derrota de Damasco.
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